Hace unos días escuché a un sociólogo decir que hoy, ante la inmensa variedad de opciones con que se cuenta, curiosamente, se vive con menos satisfacción. Antes, había tal vez dos tipos de café; ahora hay veinte y, además, puede personalizarse la elección. Había cinco canales de televisión, hoy contamos con diversas plataformas que ofrecen cientos de películas, series y programas, y no es extraño escuchar que alguien se queje porque “no hay nada que ver”. Había pocas carreras para escoger a qué dedicarse en el futuro; hoy la oferta es muy amplia. Las redes sociales han abierto un abanico de opciones inimaginable, brindan información de todo tipo y, lamentablemente, desinforman.
A todo eso se enfrentan los jóvenes, cuyo futuro es incierto. Las apariencias y los filtros son más importantes que la realidad. Pertenecer a un grupo, a una tendencia o a un movimiento es una necesidad natural y les está costando mucho esfuerzo decidirse. Modas van y vienen dejando a su paso frustración y enojo.
En este ambiente, está cobrando relevancia el movimiento “therian” que alude a personas que se identifican con un animal, ya sea en espíritu o emociones. Creen tener una conexión profunda con un animal en particular y dicen que pueden pensar y sentir como él, de ahí que adopten comportamientos que semejen a ese animal, usen algún tipo de piel o máscara y sientan la necesidad de que la sociedad los perciba de esa manera.
La Organización Mundial de la Salud no clasifica este comportamiento como un trastorno mental; sin embargo, ser un “therian” puede conllevar sentimientos de soledad, de incomprensión y conflictos en su entorno social.
A muchos de nosotros (que solo nos identificamos con humanos), nos significa un esfuerzo mayúsculo aceptar que en las calles de la ciudad se arrastren personas que se identifican como cocodrilos, que maúllen otras en el transporte público y que pidan libertad para asistir al trabajo identificados como lobos. Nos preguntamos ¿qué vendrá después?, ¿por qué el hombre ha dejado de identificarse con el hombre?
En medio de esta confusión sobre lo que somos —y sobre lo que creemos ser—, parecería que también hemos perdido claridad respecto de lo que verdaderamente importa. Porque, mientras discutimos identidades y símbolos, hay problemas mucho más concretos y urgentes que exigen atención.
En este país se enfrenta el brote de una enfermedad aguda y altamente contagiosa, causada por el virus del sarampión, que se pudo haber evitado con las campañas de vacunación adecuadas. Muy lejos quedó la frase del gobierno que decía “Todos los niños, todas las vacunas”. Hasta la Organización Panamericana de la Salud emitió una alerta epidemiológica y urgió a México para que controle el brote.
Mientras tanto, nuestros funcionarios públicos, que alegres portan trajes típicos de distintas partes del país, no muestran ni la mínima preocupación ni respeto por el tema, ni por la inseguridad que nos ha rebasado, ni por cualquier otro problema que enfrenta el país.
En cambio, nos regalan escenas como la de limpieza de los zapatos de un ministro, el atrincheramiento de un funcionario público en las oficinas que tenía que dejar, trajes teñidos con tintes prehispánicos, senadoras peleando por su “derecho” como mujeres de tener un salón de belleza en un recinto parlamentario, consultas de tarot en horas de oficina.
Cuánta razón tenía Dalí cuando afirmó: “De ninguna manera vuelvo a México; no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”.



