Hace poco leí un texto que me conmovió. Decía que las palabras no solamente tienen alma, sino que tienen materialidad. Pueden pintarse sobre muros, reflejarse en los espejos y, en muchos casos, pesar más que un castigo corporal. A las palabras no se les lleva el viento. Ellas permanecen visibles en nuestros horizontes cotidianos. Somos nosotros, los humanos que nos dimos esas palabras, los que a veces las ignoramos o evitamos. En ocasiones llevan una carga tan inexorable y tan cruda, que preferimos voltear a otros lados y pretender que no existen.
Hoy en día, con la reciente reforma al artículo 127 constitucional, “pensión” y “jubilación” son vocablos que reclaman ser atendidos y comprendidos integralmente, no solamente con sus significados etéreos, sino con su materialidad tangible, esa que se inscribe en los surcos de la piel; en las miradas cansadas que algún día vieron tiempos mejores; en las manos que trabajaron para producir y en las reacciones taciturnas que antes eran activas y hasta eufóricas.
La tarea de escribir las palabras “jubilación” o “pensión” no inicia en un escritorio. Empieza una mañana cualquiera de una persona que, cargada de emociones, se levanta temprano para emprender un trayecto que se repite para llegar a su centro de trabajo. Comienza con la idea no de cumplir con un horario, sino de lograr metas institucionales y personales. Continua con el sueño de superación, de abrevar conocimientos para luego transmitirlos a generaciones de jóvenes. Compartir tareas, principios éticos y hasta anécdotas que con el tiempo se van coleccionando. “Jubilación” y “pensión” tienen materialidad porque en más de una ocasión provocaron desvelos. Obligaron a posponer reuniones familiares. Incentivaron la compra de libros para estudiar y lograr un trabajo profesional y digno.
Esas palabras, hoy en día, se pronuncian como ajenas, como si carecieran de materialidad. Se escriben en expedientes con indiferencia; se acompañan de tablas que contienen cifras frías y se ajustan en decretos. La realidad es que no vemos de frente su materialidad. Evitamos alzar la mirada para vislumbrar su auténtica dimensión.
El salario pertenece al presente: es necesario, inmediato y, en muchas ocasiones, urgente. Como dejó ver Adam Smith, con el salario viene un combate diario: el intercambio entre lo que se da y lo que se recibe. Se discute, se defiende y hasta se pelea en la palestra diaria del trabajo. Esa es parte de su naturaleza.
La pensión y la jubilación no pertenecen a la negociación rígida y tensa, sino al tiempo. No al de los calendarios sino aquel que se acumula silenciosamente en lo vivido, que se sedimenta en los rostros y en la colección de jornadas cumplidas. Pensión y jubilación son vocablos que se reconocen por el Derecho porque son producto de la inversión en el porvenir de uno mismo. El verdadero Derecho, el que es humanista, reconoce la diferencia entre salario y pensión o jubilación. Sabe que no puede tratarse del mismo modo lo que se origina de manera activa y que nace del instante, y lo que tiene su génesis a partir de la duración, del esfuerzo continuado y que se reconoce cuando se mira hacia atrás.
Cuando el Estado se atreve a tocar pensiones para afectarlas negativamente, no está modificando números fríos ni ajustando simples cantidades, lo que en realidad hace es intervenir, de manera invasiva, en una narrativa profundamente delicada: el reconocimiento del pasado. Está reescribiendo sobre una vida de esfuerzo cuya escritura ya culminó y que, por tanto, no puede repetirse. Está alterando un tiempo que no puede volver a vivirse. Se está corrompiendo el aspecto más básico y humano del reconocimiento a una vida de trabajo que no puede olvidarse y que, por el contrario, debe honrarse.
Reducir arbitrariamente una pensión no es un simple acto administrativo o una mera reforma constitucional. Es instituir una forma de olvido. Es imponer la idea de que el tiempo acumulado puede intercambiarse por migajas que el Estado otorga graciosamente.
En cada pensión, en cada jubilación hay algo que excede el concepto de seguridad social, es la vida que ya fue trabajada. La vida, lo más valioso que tenemos los seres humanos, sin la cual no podríamos gozar de ningún otro derecho. Pensión y jubilación tienen materialidad porque dejaron una huella de trabajo, un vestigio producto de la erosión de la actividad profesional diaria y del esfuerzo repetido. Regatear una pensión implica ir contra las leyes de la física porque supone exigirle a alguien que vuelva atrás y trabaje nuevamente lo que ya trabajó, para ver si así se le reconoce como debe ser. El Estado Mexicano, con esta reforma, en el fondo está decidiendo qué valor tienen esas vidas de trabajo y cómo debe reducirse ese valor. Se socava lo que debería dignificarse.
Corresponde ahora a los abogados, a los auténticos humanistas (no a este gobierno que dice serlo), demostrar -por las vías legales correspondientes-, que los vocablos “jubilación” y “pensión” tienen materialidad y que, justamente por ello, pesan. Pesan para decir que la vida de trabajo no puede desconocerse. Pesan porque son el resultado de la suma de empeños productivos y, justo por eso, no pueden formar parte de una operación aritmética de sustracción. Esas palabras, que deberían estar colgadas con letras de oro en cada recinto legislativo, se honran y se respetan. Si los abogados no peleamos e, indolentes, dejamos a “jubilación” y “pensión” sin materialidad, entonces será nuestro propio reflejo el que se difumine en la corriente del tiempo, ese que es necesario que se acumule para que dichas palabras fluyan con toda su nitidez.
Si a los abogados de buena voluntad no nos pesan, en el buen sentido, las palabras “jubilación” y “pensión”, entonces espero queden condenados al pesar de una materialidad que los torture por su indiferencia.



