En la novela El difunto Matías Pascal, Luigi Pirandello desarrolla una historia que se teje entre la fortuna y el azar; entre la existencia y la soledad. Punto a punto, con el entrecruzamiento de las agujas, crea un telar literario que cubre un profundo drama de identidad, de libertad y de destino. Matías Pascal es un hombre común, con un matrimonio infeliz, que tiene una vida monótona y financieramente complicada. Un día, huyendo de su miseria, acude a un casino y la suerte parece premiarlo: gana una gran cantidad de dinero. De regreso a casa lee en el periódico la noticia de su propia muerte: un cadáver irreconocible ha sido equivocadamente identificado como él. A partir de estas circunstancias, Matías considera que está frente a la oportunidad única de liberarse de su vida y, en consecuencia, adopta una nueva identidad como Adriano Meis.
Aunque inicialmente la idea de una nueva vida, sin ataduras ni sufrimientos, le resultaba atractiva, con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que la nueva libertad era solamente una ilusión. Carecía de identidad legal, no podía casarse ni heredar ni rentar una casa. Se convirtió en una sombra viviente, en un simple espectador. La vida como Adriano Meis no era viable y decide “matarlo”. Cuando regresa a su pueblo natal, Matías Pascal ya es un hombre sin identidad real. No existe administrativamente. Su esposa se volvió a casar y, lo que empezó como una ilusión, terminó en una realidad triste y penosa: vivió el resto de sus días marginado y resignado a su destino sin destino.
En México se ha implementado una práctica de adoctrinamiento que se impone cotidianamente desde el púlpito que encumbra a la predicadora oficial. En la narrativa se repite la palabra “pueblo” y en ese vocablo solamente existen las personas o colectivos a los que Claudia Sheimbaum voltea a ver y designa. Si alguien no es nombrado o considerado o, peor aún, si alguien es criticado porque sus ideas impiden considerarlo parte del “pueblo”, entonces esa persona no existe, solamente vive. Es en esta prosa burocrática y discriminatoria en la que cobran vida las lecciones de Pirandello.
Matías Pascal no murió, pero fue archivado como muerto. Con la reforma al artículo 127 constitucional en materia de pensiones, las personas jubiladas -quienes ya dieron sus mejores empeños a favor de México, este país que debería ser de todos- fueron expulsadas injusta y arbitrariamente del mundo constitucional. Caminan, respiran, tienen familia, pero no existen. El oficialismo los volvió fantasmas y, con ese acto mal agradecido de desconocimiento, sustituyó el dinero que tenían ganado, por una dádiva, casi graciosa, bajo un parámetro que constituye una entelequia. Las personas con las que el Estado debería tener la mayor consideración, fueron tratadas como seres pirandellianos, pues se les atrapó en una identidad que no les pertenece, que no les es propia y que de ninguna manera tenían merecida. Esas personas que ayudaron, con su trabajo, a configurar el Estado, ahora son expulsadas de su resguardo.
La estrategia para difuminar a quienes construyeron nuestro país fue anunciada desde el más alto estrado oficial en un tono sumamente ofensivo por burlesco. La presidenta, incluso, hizo una pausa previamente planeada para romperla con la locución “terminaremos con las pensiones doradas”.
No hay, en la inmensa mayoría, nada dorado en las pensiones. Lo que hay es sudor, angustias, tiempo robado a la familia, destinos repetidos para llegar al centro de trabajo. Hay, también, una gran preparación, una altura de miras derivadas del esfuerzo continuado y un interés por poner a México en los umbrales del progreso sostenido.
Disminuir la cuantía de las pensiones, de manera retroactiva, debería ser una tragedia pública, debería convocarnos a todos a defender, sin ambages, a quienes sembraron con su trabajo la semilla que nuestra generación vio germinar para alimentarse de ella. No obstante, en este país de la narrativa Pirandelliana, la injusticia que modifica negativamente las pensiones se incorpora a un guion literario oficial, en el que todos los adultos respetables son acusados de traidores, porque al ser excluidos de los intereses de la presidenta dejan de ser pueblo y, por tanto, dejan de existir.
El giro más inquietante, el verdaderamente preocupante, el destello auténticamente pirandelliano es el que se aparece ante nuestros ojos no cuando se observa al gobierno, sino cuando se examina al público. Las lecciones de Pirandello se encarnan: una sociedad que vive aletargada pero que no existe políticamente. Un conglomerado de individuos que respiran, duermen, se esfuerzan, trabajan y hasta votan, pero que se vuelven parte de un reducto anecdotario que critica en la mesa de las comidas familiares, pero que vagan sombríos por el país sin defender a quienes, a golpe de su cincel intelectual, ayudaron a construirlo.
El verdadero muerto no es uno, como en Matías Pascal. En México los muertos somos millones que nos ubicamos en la orfandad absoluta. Somos, colectivamente, como ese fantasma que no puede reclamar su nombre ni su vida. Vagamos entre quejas y titulares mediáticos sin tomar posesión de nuestra condición política. La sociedad observa el desmantelamiento del Estado de Derecho y la injusticia indecible sobre los pensionados y callamos públicamente para volvernos críticos de sobremesa.
Los difuntos somos nosotros, los incapaces de articular una respuesta colectiva. Vivimos indignados en la esfera privada, pero resignados en la pública. Pirandello lo dijo muy claro: “Creí que al cambiar de nombre cambiaría de suerte; pero comprendí que no basta con vivir: hay que existir”.
Los que no somos “pueblo”, los que no somos nombrados o somos expulsados por no coincidir con los postulados de MORENA, vivimos biológicamente, pero no existimos políticamente. Recorremos con desgano el sinuoso camino que conduce a la destrucción de nuestro país, sin reclamar nuestro nombre y sin exigir nuestros derechos.
Somos los difuntos que aún respiran. Simples espectadores y una “República” de espectadores no necesita dictadores, se gobierna sola.
Espero que en México no llegue el momento cumbre de la obra de Pirandello, en la que Matías Pascal, hombre marginado y miserable, después de haber renunciado a sus existencias -la real y la ficticia-, visitaba ocasionalmente su tumba para reflexionar sobre la paradójica existencia de quien no existe. Advierto con tristeza que a ese destino nos dirigimos, porque no saber defender a quienes nos legaron un país menos roto significa no saber que tenemos una existencia propia, y eso es peor que vivir en el ostracismo.
Mi solidaridad comprometida con los pensionados afectados me lleva a elevar la voz para decir que Matías Pascal se encarnará en todos los que guarden silencio. Por favor comiencen a existir que es por ellos, por los pensionados, por quienes debieron abandonar sus preocupaciones en el trabajo, que este país existe. Rescatemos los despojos de un país herido de muerte y defendamos a quienes, incluso al día de hoy, pueden dirigir nuestros pasos con sabiduría, consejos desinteresados y lecciones invaluables. Si queremos rescatar a México, debemos comenzar por resguardar a quienes lo construyeron.



