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Absolutos relativos

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Por Carlos Román

La Revolución Cubana fue para muchos un ejemplo de dignidad del pobre frente al poderoso. Cuba representaba la resistencia moral frente al imperialismo norteamericano y la idea romántica de que todavía era posible cambiar el mundo desde la pureza revolucionaria.

Criticar la Revolución era una herejía. El que dudaba era reaccionario, traidor o instrumento de la CIA. Las convicciones eran absolutas porque la juventud suele creer que el bien y el mal pueden distinguirse con claridad. Con los años, uno descubre que la historia casi nunca es tan limpia y que el poder posee una capacidad devastadora para corromper incluso las causas que parecían moralmente invencibles.

Pero el tiempo hizo lo suyo. El héroe terminó convertido en dictador. La revolución envejeció. Muchos antiguos creyentes cambiaron de bandera, de discurso y hasta de intereses. Algunos pasaron del marxismo al pragmatismo tecnocrático; otros acabaron defendiendo exactamente aquello que combatieron durante décadas.

Algo parecido ocurre hoy en México con la llamada Cuarta Transformación. López Obrador representó para millones una especie de redención política. Después de décadas de corrupción priista y panista, Morena apareció como una cruzada moral. Se hablaba de honestidad, justicia histórica, primero los pobres y regeneración ética de la vida pública.

Pero todo cambia. José Woldenberg describió con precisión lo que hoy ocurre con Morena al afirmar que el movimiento “vendió su alma al diablo” para llegar y mantenerse en el poder a cualquier precio. La frase es dura, pero retrata el deterioro y el desprestigio creciente de un proyecto que alguna vez presumió superioridad moral.

Morena abrió las puertas a viejos priistas, caciques regionales, operadores impresentables y personajes que durante años fueron exhibidos como símbolos de la corrupción nacional. También incorporó a panistas de doble moral que resultaron igual o más impresentables. Ya en el gobierno, los puros del movimiento también sucumbieron al encanto del dinero y al uso faccioso del poder. Los principios quedaron atrás. El pragmatismo prevaleció y la ambición terminó imponiéndose.

Ahora Donald Trump endureció nuevamente las sanciones contra Cuba y el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos criminales contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, ocurrido en 1996 y en el que murieron cuatro ciudadanos estadounidenses. La acusación vino acompañada de un endurecimiento del discurso y de mayores presiones diplomáticas de Washington contra el régimen cubano.

En ese contexto, diputados de Morena difundieron un desplegado de respaldo al castrismo, condenando la acusación norteamericana y defendiendo al régimen cubano en nombre de la soberanía y la autodeterminación. Pero el documento circuló sin firmas visibles, sin responsables directos y prácticamente escondido detrás de la retórica colectiva del movimiento.

La respuesta de Christopher Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos y exembajador en México, fue demoledora. Dijo que resultaba “poco honorable” respaldar desde el anonimato a “un régimen abiertamente dictatorial” y exigió que quienes difundieron el comunicado “tuvieran el valor de autoidentificarse y enfrentar las consecuencias”.

El episodio retrata con precisión la decadencia de muchas viejas lealtades ideológicas. Durante décadas, Cuba fue una especie de santuario moral para buena parte de la izquierda latinoamericana. Hoy la isla sobrevive entre apagones, pobreza, migración masiva y control dictatorial. Y, aun así, muchos de sus antiguos defensores ya ni siquiera se atreven a poner su nombre debajo de aquello en lo que decían creer.

Hoy casi nadie cree realmente en nada. Y quizá ese sea el verdadero fracaso de nuestro tiempo: descubrir que muchas revoluciones no terminan destruidas por sus enemigos, sino por la lenta corrupción y el abandono moral de los suyos.

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