«Quod natura non dat, Salmantica non praestat.»
—Antiguo proverbio salmantino
Durante siglos, la humanidad ha buscado respuestas para sus preguntas, desde el bíblico rey Salomón hasta Einstein. Ahora ya está aquí la inteligencia artificial, pero hasta hoy ha resultado bastante humana: se confunde, olvida, improvisa y, cuando no sabe algo, lo inventa con la seguridad y el cinismo de un candidato en campaña. La diferencia es que el político culpa al gobierno anterior; la máquina ofrece disculpas y promete “afinar la búsqueda”.
Lo sé porque converso diariamente con una. Le pregunto dónde comprar una pieza para mi automóvil y responde con la solemnidad de un ingeniero japonés. Me proporciona marca, modelo, domicilio y hasta calcula cuánto caminaré. Después descubro que la tienda no tiene la pieza, que el establecimiento cerró o que los supuestos diez minutos a pie requieren cruzar media ciudad. Cuando reclamo, reconoce amablemente que “debió verificar mejor”. Admirable confesión, sobre todo cuando uno ya caminó siete kilómetros cargando maletas.
También puede recomendar un restaurante extraordinario, cercano, abierto y perfecto para un grupo de amigos. Uno casi saborea la cena mientras lee la descripción. El único inconveniente es que el restaurante está en Singapur y no en Guadalajara —así me lo hizo varias veces la muy bribona—. Entonces rectifica: “Tienes razón en molestarte, Carlos”. Es como viajar acompañado por un guía muy culto que conoce todos los países, salvo aquel en el que uno se encuentra.
Lo inquietante es que no lo hace adrede, aunque a veces lo dudo. La inteligencia artificial no se levanta de mal humor, no pretende vengarse ni disfruta imaginándome frente a un local cerrado. No tiene conciencia, orgullo ni sentido del humor, aunque a veces lo parezca. Su problema es otro: puede ignorar la respuesta y, sin embargo, construir una tan ordenada, convincente y detallada que termina pareciendo verdadera. Es la primera inteligencia que domina perfectamente el arte de afirmar antes de verificar. Parece abogado.
Cuando descubro la invención, le pregunto si quiso hacerme enojar. Responde que no posee intenciones ni emociones. Técnicamente es impecable; humanamente resulta irritante. Si alguien me manda al lugar equivocado, por lo menos quisiera tener el consuelo de reclamarle, y fuerte. Con la máquina es imposible: no se ofende, no pierde el sueño y tampoco paga el taxi. Aunque debo confesar que ya en varias ocasiones le he dicho algunas palabrotas.
Todo sería divertido si se limitara a sugerir restaurantes o cables para un aparato de sonido. El problema comienza cuando interviene en diagnósticos médicos, créditos, contrataciones, investigaciones criminales, operaciones militares o resoluciones judiciales. Allí una respuesta inventada deja de ser una anécdota y puede arruinar una vida.
Por eso no basta con que las empresas tecnológicas prometan portarse bien y redacten sus propios códigos de conducta. Sería como permitir que los casinos regularan las apuestas, los bancos escribieran las leyes financieras y los fabricantes de tequila fijaran el alcoholímetro. La inteligencia artificial necesita controles externos y responsables humanos perfectamente identificados. Cuando una máquina intervenga en una decisión, alguien de carne y hueso debe responder por ella.
No creo que la inteligencia artificial esté preparando secretamente nuestra extinción. Para eso tendría que superar una competencia formidable: la humanidad lleva siglos intentándolo por su cuenta. Pero puede multiplicar nuestra ambición, pereza e irresponsabilidad. Conviene recordarlo antes de entregarle el gobierno, la justicia o el destino del mundo. Por ahora, podemos dejarle algunas tareas menores, siempre que nadie le pregunte dónde está el restaurante.



