La honestidad pierde su valor cuando sólo se reconoce la corrupción de los enemigos. Hace falta una convicción más profunda para reconocerla entre los amigos. Allí comienza la contradicción: las lealtades personales suelen pesar más que los principios y el poder tiene una extraordinaria capacidad para convencerse de que sus hombres son buenos. Buenos incluso antes de conocer lo que hicieron.
Hay amistades que acompañan toda la vida y otras que sólo están para hacer dinero. En la administración pública, la cercanía con el poderoso se convierte en un patrimonio que produce utilidades. Cuando sirve para torcer las normas, favorecer proveedores o evitar controles, la amistad se vuelve complicidad. El dinero sale del erario; la gratitud queda entre los amigos, mientras duren los negocios y alcance el poder, porque los funcionarios tienen fecha de caducidad.
Amílcar Olán ilustra esa relación entre los afectos del poder y el dinero público. Su cercanía con los hijos del expresidente López Obrador y los señalamientos sobre sus contratos merecen una investigación seria. Vivir fuera de México no borra las preguntas: qué se contrató, cómo se pagó y quién intervino.
El Departamento del Tesoro estadounidense sancionó a Carlos Torres, exesposo de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar, por presuntamente utilizar su influencia para proteger actividades del Cártel de Sinaloa. Torres lo niega. Un divorcio termina un matrimonio, pero no esclarece los negocios ni cancela responsabilidades.
The New York Times informó que dos agencias estadounidenses examinan señalamientos sobre presuntos vínculos de Andrés Manuel López Beltrán con el crimen organizado y el contrabando de combustibles, sin investigaciones formales iniciadas. El reportaje no demuestra culpabilidad, pero plantea preguntas que merecen investigarse, aunque incomoden a una familia.
La captura del “Capitán Sol”, Miguel Ángel Solano Ruiz, en Villa Verona, Zapopan, obliga también a mirar las protecciones. El capitán de corbeta retirado está señalado como presunto operador de la red de huachicol fiscal vinculada con los hermanos Farías Laguna. Detener a los operadores sin investigar hasta dónde llegaron sus protecciones permite que el negocio encuentre sustitutos.
La corrupción también florece al amparo del silencio. No todos cobran ni todos firman; algunos prefieren no preguntar. Cuando existe el deber de investigar, callar ante los indicios es una forma de complicidad. A veces los hechos están delante de nosotros y nos negamos a verlos porque reconocerlos exige contrariar al amigo o perder un privilegio. Hay quienes defienden tanto la honestidad de sus amigos que terminan sacrificando la propia.
La amistad se vuelve una coartada cuando basta decir «yo lo conozco» para dar por contestadas las preguntas sobre contratos, fortunas y favores. Se invocan los años de trato como si fueran una auditoría, y la confianza personal acaba ocupando el lugar de la investigación. Quien pide cuentas se convierte en enemigo; quien guarda silencio conserva su sitio en la mesa. Así prosperan estas relaciones: todos saben a quién no deben incomodar.
Se prometió una transformación moral de la vida pública. Cumplirla exige aceptar que un amigo puede haber abusado de la confianza y que un apellido, por encumbrado que sea, también debe rendir cuentas. La lealtad no concede derecho a disponer del dinero público ni obliga a encubrir a quien lo hace. Quien gobierna debe permitir que los hechos contradigan sus afectos. Porque para predicar la virtud basta una tribuna; para ejercerla hay que estar dispuesto a perder amigos.



