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La soberanía como coartada

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Pocas palabras resultan tan útiles en política como la soberanía. Georg Jellinek, uno de los grandes teóricos del Estado moderno, la definía como la capacidad del Estado para autodeterminarse jurídicamente sin depender de otro poder superior. Sin embargo, en México basta pronunciar la palabra para despertar viejos resentimientos históricos, recuerdos de invasiones, abusos extranjeros y la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. La nueva narrativa de Claudia Sheinbaum se ha movido precisamente en esa dirección. Mientras en Estados Unidos crecen las investigaciones sobre la relación entre ciertos grupos políticos mexicanos y el narcotráfico, aquí la conversación comenzó a desplazarse hacia el terreno del intervencionismo. El mecanismo es viejo y bastante conocido.

Pero los hechos tienen la desagradable costumbre de sobreponerse a los discursos. Hay regiones del país donde el crimen organizado dejó hace tiempo de ser solamente delincuencia para convertirse en una forma paralela de gobierno. Basta recorrer buena parte del territorio nacional para advertir que el Estado no es el único que manda.

Lo ocurrido en las últimas semanas permite observar algo más amplio que el simple deterioro de la relación bilateral. Donald Trump no repitió sus acusaciones en un mitin partidista ni en una entrevista de campaña. Lo hizo durante la reunión del Grupo de los Siete, el principal foro político de las democracias occidentales. Desde ahí afirmó que los cárteles controlan amplias regiones de México y que el gobierno mexicano ha perdido el control efectivo de partes de su territorio. No es solamente una declaración. Es una narrativa presentada ante las principales potencias del mundo.

JD Vance fue todavía más lejos al sostener que Estados Unidos se reserva el derecho de actuar para proteger su seguridad nacional frente a las organizaciones criminales. Hace apenas unos años semejante planteamiento habría provocado un escándalo diplomático continental. Hoy forma parte de una conversación que comienza a normalizarse.

Y México no es el único caso. En Colombia la presión estadounidense aumenta conforme se profundiza la crisis política interna. Cuba volvió a colocarse en el radar de Washington. Vistas por separado, cada una de estas situaciones tiene su propia explicación. Observadas en conjunto comienzan a dibujar una tendencia.

Porque vistos así, los acontecimientos de las últimas semanas señalan una misma ruta. Los estadounidenses dejaron de mirar hacia abajo y comenzaron a mirar hacia arriba. La conversación empieza a desplazarse hacia quienes los protegen.

Sumemos la carta de Andrés Manuel López Obrador. Denuncia una ofensiva de funcionarios norteamericanos contra Morena y contra la Cuarta Transformación. Resulta difícil no preguntarse por qué sintió la necesidad de intervenir de esa forma. Los políticos rara vez se movilizan por lo que ya ocurrió. Suelen hacerlo por lo que creen que está por venir.

Quizá por eso el discurso presidencial sobre la soberanía resulta tan insistente. No porque la soberanía carezca de importancia, sino porque aparece justamente cuando las preguntas comienzan a acercarse al poder. La soberanía nunca ha sido un problema para los países fuertes. El problema aparece cuando una potencia concluye que la seguridad propia vale más que la soberanía ajena.

América Latina ya conoció esa historia durante buena parte del siglo XX. La pregunta es si esta vez será diferente.

Por vacaciones suspenderé esta columna durante algunas semanas. Gracias a mis lectores por acompañarme.

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