24 de agosto de 2026
Rubén Rocha Moya regresó a gobernar Sinaloa y anunció que volvía “con la frente limpia y en alto”. Ante la lentitud de la justicia, el gobernador parece haber descubierto un procedimiento mucho más expedito: comparecer, esperar 112 días y expedirse él mismo su certificado de inocencia. La dificultad consiste en que la Fiscalía General de la República no parece haberse enterado de tan feliz desenlace, porque las investigaciones, según ha confirmado el gobierno federal, continúan abiertas. Rocha no está exonerado.
Pero, Claudia Sheinbaum mando un mensaje: “El poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso”, acompañado de una referencia todavía menos discreta a “la ambición desnuda del poder por el poder”.
Rocha entendió y apenas 34 horas después de haber regresado volvió a pedir licencia, ahora por tiempo indefinido, y explicó que “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”. Debió ser una revelación súbita, porque un día antes había considerado que esos mismos elevados intereses nacionales exigían precisamente lo contrario: que regresara a gobernar. Hay convicciones políticas que duran menos que un fin de semana.
Su regreso terminó convirtiéndose en un desafío a la autoridad política de la Presidenta. Volvió sin consultar a Palacio Nacional, proclamó una inocencia que la FGR no ha declarado y obligó a Morena a escoger entre respaldarlo o marcar distancia. Morena escogió la distancia. No sabemos qué conversaciones ocurrieron durante esas 34 horas, pero el resultado está a la vista: quien regresó anunciando que cumpliría el mandato para el que fue electo volvió a solicitar licencia.
Mientras tanto, Sinaloa vive algo mucho más grave que las disputas internas de Morena. Héctor Melesio Cuén está muerto; Ismael “El Mayo” Zambada terminó en Estados Unidos después de una sucesión de acontecimientos que todavía esperan una explicación convincente; Fausto Corrales está detenido y la investigación sobre aquella historia continúa. Estados Unidos mantiene sus acusaciones contra Rocha y otros funcionarios sinaloenses y la investigación mexicana sigue abierta. Con ello, Sinaloa continúa sometido a una guerra intestina cuya factura paga, ahora sí, el pueblo bueno.
Eso es lo malo del uso faccioso de la justicia. Cuando se persigue a los adversarios, las investigaciones son rápidas, las filtraciones suficientes y las sospechas se vuelven sentencias; cuando la investigación toca a los suyos, aparecen las virtudes de la prudencia, el debido proceso y la presunción de inocencia. Principios magníficos, siempre y cuando se apliquen a todos. Rocha merece exactamente esas garantías, ni una menos, pero tampoco una más. Lo ocurrido este fin de semana demuestra, además, que el problema ya no es solamente judicial. Durante 34 horas se convirtió en una disputa por saber quién manda dentro del movimiento que gobierna México.
Rocha regresó con la frente limpia y en alto. Treinta y cuatro horas después volvió a irse proclamando que la nación y el movimiento estaban por encima de él. Sheinbaum dijo que fue “lo mejor para Sinaloa”. En eso, por fin, parecen estar de acuerdo. Lo único indiscutible es que Rocha necesitó regresar al poder para descubrirlo. La frente, según él, está limpia. El expediente, más terco que el jabón, sigue abierto.



